Anoche, en una milonga, estaba sentado a la mesa con un joven bailarín que suele trabajar de taxi dancer en su tiempo libre y con un milonguero que lleva más años que yo bailando tango (algo así como 50 años). Veíamos una pista llena. Por razones de privacidad, no voy a dar a conocer sus nombres; solo los llamaré «el joven» y «el milonguero».

En algunos momentos veíamos la pista con pocas parejas y en otros bastante llena. Creo que eso depende mucho de los tangos de la tanda.
En un momento de pista llena, sonaban los tango de la orquesta Francini-Pontier cuando de repente el joven volvió la cabeza hacia nosotros, se acercó y nos dijo
-que tango dificil! es Publiese no?
El milonguero le aclaró:
-no es Pugliese, es Francini-Pontier».
el joven exclama con un «-ahhh» y añadió:
-me parecía que no era Pugliese, lo que pasa que estaba mirando a esa pareja ¡que lindo se mueven! , hacen lindos y pasos y secuencias
El milonguero y yo nos miramos y me preguntó si yo estaba mirando a esa pareja o a otra en especial, Le respondí que estaba observando a la que se encontraba justo al lado de la que miraba el joven. Me dijo que él también la miraba.
El milonguero, que estaba sentado en medio de nosotros, volteó la cara y le preguntó al joven si había visto a la pareja que estaba al lado de la que él contemplaba. El joven contestó que al principio la vio, pero que no le llamó la atención porque era «desabrida».
En ese momento comenzó una conversación que nos lleva directo al título de este artículo.
El milonguero le preguntó qué era o cómo era el baile de tango para él. El joven, con mucho respeto, vertió su opinión diciendo que es un baile hermoso, de seducción y coordinación de movimientos.
Tras un pedido de ampliar el concepto, el joven expresó que la coordinación de pasos con el cual caracteriza el tango debe ser coordinado con el cuerpo y la música para que se sienta bien y se vea armónico.
Preguntado sobre la seducción, el joven dijo que justamente, la mujer queda seducida por la coordinación y la musicalidad del conductor o conductora.
El joven, muy respetuoso y con mucha paz al hablar nos miró y nos preguntó lo mismo ya que le interesaba escuchar los conceptos de milongueros con muchos años de trayectoria.
El milonguero le respondió que él miraba a la pareja que al joven le parecía desabrida porque su concepto del tango como baile social era diferente. Le explicó que observaba el rostro de la mujer conducida, quien, con los ojos cerrados y apilada sobre el pecho del hombre conductor, expresaba con una suave sonrisa un disfrute profundo. Él, a su vez, parecía disfrutar del abrazo cerrado de ella. Pisaban exactamente con la música, siguiendo el ritmo o la melodía cambiante que caracteriza a esa orquesta, especialmente en los momentos de las variaciones lentas, donde casi no se movían, pero bailaban con el abrazo y el torso, expresando momentos de amor.
El joven agachó la cabeza, la volvió a levantar y preguntó porque él no podía ver lo mismo. Una buena pregunta en mi parecer porque es una forma de obtener información.
Intervine yo, diciéndole que no se preocupara, que creo que todos pasamos por ese mismo proceso y que lleva muchos años atravesar las diferentes etapas de ver y disfrutar del tango en diferentes formas y momentos.
Le expliqué lo que repetidamente digo (o, mejor dicho, lo que los expertos dicen): que de los cinco sentidos que tiene el ser humano —oído, gusto, olfato, tacto y vista—, el que más nos atrae inicialmente es este último. Así como un plato colorido y bien presentado despierta el deseo de comer —mientras que uno sin color ni dedicación visual tal vez no abra el apetito, aunque su sabor sea exquisito—, el tango entra justamente primero por los ojos. Ver pasos hermosos con una postura elegante nos atrae y nos genera el deseo de experimentar y aprender. Por el bien del tango, es gracias a esto que el baile crece en el mundo: de boca en boca y de experiencia en experiencia.
Es así que, como en cualquier actividad deportiva o de movimiento corporal, debemos aprender. El cerebro es el que aprende y hace que nuestro cuerpo se mueva. Aprende por repetición, tal como cuando se aprende a conducir un auto, a jugar al fútbol, al tenis o a hacer manualidades.
Al principio, el cerebro está ocupado pensando en los pasos que aprendimos en clase para poder repetirlos; pensando en la elegancia o en la estructura de nuestro cuerpo para que se vea bien; pensando en el paso que estamos dando o en el próximo por hacer… No hay tiempo ni espacio mental para pensar en otra cosa.
Con paciencia, constancia y voluntad, el cerebro va formando un patrón que automatiza los movimientos. Al igual que cuando ya se aprendió a conducir el automóvil, los movimientos se vuelven inconscientes, lo que permite manejar el auto mientras se hace otra cosa, como conversar, cantar o pensar en las tareas del día.
(Nota: por eso las clases son importantes, para aprender lo correcto desde el principio y no crear vicios que luego son muy difíciles de corregir).
Nosotros, como todos los milongueros de trayectoria, ya tenemos esos patrones de movimiento incorporados, de tal forma que nuestros pasos son «automáticos»: se hacen sin pensar, igual que cuando caminamos. Esto nos permite «ver» y disfrutar de otras dimensiones del baile; por ejemplo, sentir los abrazos, escuchar mejor la música para seguir tal o cual instrumento o la voz del cantante, bailar sin usar en demasía los pasos o las piernas, controlar y gerenciar los espacios en la pista, y sentir el corazón y el alma de la compañera o compañero. Podemos adecuarnos al nivel de baile de la otra persona para lograr un baile fluido y placentero, adaptándonos también al espacio disponible en la pista y así terminar de bailar la tanda con una sonrisa y satisfacción.
Ver a esa pareja de pasos vistosos es llamativo, pero no nos invita a seguir mirándola, porque para hacer esos movimientos largos e idílicos invaden el espacio ajeno molestando a otras parejas, y sus pisadas no tienen armonía con la música.
Por lo tanto, el concepto del tango es diferente en cada persona; depende del momento que se lo esté viviendo, de cómo se lo esté bailando y, fundamentalmente, de cómo se lo disfruta. Es un disfrute que va cambiando con el tiempo, al igual que el concepto y «las miradas», tal como cambian otras actividades o momentos de la vida.
Sin embargo, con los años y la experiencia en la pista, los milongueros nos damos cuenta de que el baile social del tango es, en esencia, el encuentro de dos personas para compartir el alma a través de la música, dejando los pasos simplemente como un medio para movernos y trasladarnos.
De todas formas, disfrutar del tango en cualquiera de sus expresiones nos regala momentos únicos e irrepetibles; un disfrute profundo que, además, nos aporta salud.