Carlos Milongueando

BAILAR EL TANGO. QUINTA PARTE. Las dificultades del principio, las soluciones después.

Recuerdo muy bien mis inicios. Mi metro ochenta y cuatro de estatura fue el primer obstáculo, no por la altura en sí, sino por el mal equilibrio debido a un centro de gravedad elevado.

La segunda dificultad fue ejecutar los pasos que mostraba el profesor y lograr dominar mi cuerpo. Estaba haciendo movimientos completamente nuevos; mi cerebro no los conocía.

La tercera dificultad fue estar abrazado a una persona y comunicarle, sin hablar, hacia dónde quería que se moviera.

El cuarto obstáculo fue relajarme. Estaba tenso desde el momento en que abrazaba a mi compañera y sudaba.

La quinta dificultad fue evitar chocar rodillas y cuerpos con mi compañera. Cada paso que daba parecía llevármela por delante. Coordinar era complicado.

Como sexta dificultad, interpretar la música y entender al profesor que me mostraba cómo seguir el compás.

La séptima dificultad: dominar los espacios libres para realizar los pasos aprendidos.

Llevaba seis meses de clases. Memorizaba y practicaba cada paso y secuencia. En la milonga sentía que no bailaba, sino que solo intentaba hacer los pasos.

Me preguntaba: ¿Bailar tango es solo hacer estos pasos? ¿Por qué los padres de mis amigos bailaban de una forma tan diferente? ¿Cómo es, en definitiva, bailar tango? (Al final, el tiempo y el mundo del tango me darían la respuesta).

¿Qué tenía q

ue hacer y qué me faltaba? No tenía una referencia ni guía válida porque aunque conocía el “mundo del tango”, no sabía lo que era bailar, y mucho menos bailar bien. No conocía la magia del abrazo ni la conexión, ni cómo interpretar la música.

No obstante, sabía que había una gran diferencia entre hacer pasos y bailar.

Como

sie

mpre me gustaron los desafíos, aprender a bailar tango era difícil para mí, y por eso me atrajo mucho. Entendía que me demandaría tiempo, voluntad constante y mucha paciencia.

Tenía una referencia clara: las mujeres, incluyendo mi propia amiga y compañera de clases, no disfrutaban bailar conmigo.

Me dije a mí mismo: ¡manos a la obra! El desafío estaba planteado. (Mucho tiempo después, esa amiga, Silvina Carina Rolandria, y yo fuimos amigos y compañeros, y logramos ser apreciados en las pistas).

Iba a clase dos veces por semana, ya llevaba diez meses y aún estaba lejos de bailar.

María Lemos, compañera de Roberto Contreras (elegantes y buenos bailarines y profesores), me dijeron entonces que a un hombre le demanda dos años aprender a «bailar bien” dedicándose un mínimo de dos veces por semana, recomendable tres veces y óptimo cuatro. Hoy les doy la razón, y aunque los motivos no vienen al caso, los describiré en otra oportunidad.

En esos días, un compañero de clase más avanzado que yo, hablando al respecto, me dijo que tenía que diversificar mis profesores, porque cada uno enseña distinto, enseña lo que sabe.

Así empecé a recorrer clases por la zona donde vivía y luego por la ciudad de Buenos Aires. Todos enseñaban pasos y secuencias.

Había pasado un año y medio dedicándome cinco veces por semana.

Sabía muchos pasos para hacer en la pista y pensaba que me estaba exhibiendo bien ante la gente de la milonga. En ese momento no imaginaba que debía bailar para mi compañera, para mí, y no para los que miraban.

Con algunas mujeres bailaba bien (eran las que sabían bailar y adaptarse al hombre), con otras no (eran las que aún estaban en camino, como yo).

No obstante, sentía que me movía bien, hasta que me vi en una filmación. Fue entonces cuando comprendí que lo que se siente no es necesariamente lo que se ve.

Debía lograr bailar bien con todas las mujeres, no solo con las que sabían bailar. Preocupado, asistí a clases y prácticas con cuanto profesor había en Buenos Aires.

En una de las clases, observé que las mujeres “peleaban” por bailar con un compañero. Hablando con él mientras comíamos unas empanadas, me recomendó un profesor que consideraba diferente al resto y con quien había aprendido mucho. Sin dudarlo, fui a sus clases.

Esto lo recuerdo perfectamente porque, efectivamente, con César Fernández empecé a superar varias de las dificultades descritas antes y a aprender a “bailar”.

Dos clases por semana con él y una con Mimí Santapá, quien sabía mucho sobre lenguaje corporal, fueron las nuevas bases para lograr bailar bien el tango.

Fue como empezar de nuevo. Dejé a un lado mis conocimientos de pasos para dedicarme a lo que hoy considero esencial aprender primero, antes de los pasos y figuras: caminar el tango.

Con estos profesores aprendí a superar la primera dificultad, realizando ejercicios para el equilibrio y el cambio de peso. También los hacía en casa, unos pocos minutos todos los días (utilizando un reloj alarma como aviso), y que comparto con ustedes a continuación, junto con el video que me ayudó a recordarlos los primeros días.

EJERCICIO DE EQUILIBRIO

Estando de pie con el peso del cuerpo repartido en ambas piernas, flexiono levemente las rodillas, paso el peso del cuerpo sobre una pierna y con la otra hago un rulo. Sin apoyarla, pasa rozando las rodillas para dar un paso (solo al inicio; después, siempre son dos pasos), y repito con la otra pierna.

VIDEO AQUÍ11 o copia y pega: https://www.youtube.com/watch?v=W0ZhCdEQR8k

Es importante, para no crear un vicio, no hacer los dos pasos “saltando”, es decir, sin extender la rodilla de la pierna que soporta el cuerpo.

Por estética y forma se extiende la rodilla de la pierna libre y se flexiona levemente la pierna donde se apoya el peso del cuerpo. El ejercicio se debe hacer lentamente para forzar el esfuerzo del equilibrio.

EJERCICIO DE CAMBIO DE PESO

Es similar al anterior: De pie, con el peso del cuerpo repartido en ambas piernas, flexiono levemente las rodillas, paso el peso del cuerpo sobre una pierna y con la otra doy un paso (solo al inicio; después, siempre son dos pasos). La otra pierna cruza atrás (pongo el pie detrás del otro).

Quedo en equilibrio con el peso del cuerpo sobre el pie que lo tenía.

El pie que está adelante sale hacia adelante extendiendo la rodilla (aquí se obliga intuitivamente el cambio de peso del cuerpo al pie de atrás).

Dos pasos y cruzo el pie en movimiento sobre el talón del pie apoyado (aquí cruza la otra pierna).

El pie que está adelante sale hacia adelante extendiendo la rodilla y nuevamente los dos pasos.

Es importante, para no crear un vicio, no hacer los dos pasos “saltando”, es decir, sin extender la rodilla de la pierna que soporta el cuerpo.

Solamente se extiende la rodilla de la pierna que está dando el paso. El ejercicio se debe hacer lentamente para forzar el esfuerzo del equilibrio.

El ejercicio se hace lentamente y a medida que se domina, se aumenta la velocidad.

VIDEO Click AQUÍ o copia y pega: https://www.youtube.com/watch?v=T7qWMvwaYmw

EJERCICIO COMBINADO

Combinación de los ejercicios de equilibrio con el cambio de peso.

VIDEO Click AQUÍ o copia y pega: https://www.youtube.com/watch?v=If71RhlQ1dQ

La segunda dificultad fue la más importante a superar y fue la que me permitió bailar.

Aprendí que con la repetición de los movimientos, los memorizaba y liberaba parte de mi mente para pensar en otra cosa e incluso escuchar la música (ver BAILAR EL TANGO. SEGUNDA PARTE, El cuerpo y El esfuerzo).

Hoy me doy cuenta de que debía haber aprendido a caminar abrazado a otro antes de intentar hacer pasos de tango. Con César Fernández empecé de nuevo, y fue más difícil porque ya tenía vicios.

En las clases tomaba como compañera a todas las mujeres que podía y, clase tras clase, caminaba y caminaba.

Tanto caminar, siendo estudioso de los movimientos, me permitió descubrir aspectos interesantes.

Descubrí que las rodillas no se tocan cuando la mujer estira la pierna que da el paso hacia atrás.

Descubrí que no debía esperar que la mujer diera el paso atrás por sí sola (aunque el ritmo la invitara) y que debía evitarlo imponiendo mi lenguaje corporal, ayudado por el abrazo.

Aprendí que estas marcas y muchas otras se deben hacer con suavidad y delicadeza. Aprendizaje que agradezco a todas las mujeres que se animaron a decirme la magnitud de cada marca.

Aprendí que yo no debía dar el paso adelante sin marcárselo a la mujer, porque la chocaba, y que esa marca era básicamente corporal, con la intención de mi cuerpo.

Así aprendí la mejor caminata hacia atrás de la mujer: con las rodillas levemente flexionadas, el pecho apoyado (acción) sobre el pecho del hombre (reacción), y el pubis levemente mirando al piso, extiende normalmente la pierna hacia atrás con la punta del pie rozando el piso y utilizando más los músculos de las nalgas. Antes de llegar al final, extiende totalmente la pierna para luego pasar el peso del cuerpo sobre ella, dejando libre la otra pierna para realizar el otro paso de la misma manera.

VIDEO Click AQUÍ o copia y pega: https://www.youtube.com/watch?v=OOGHFlkKwsI

Descubrí que la mujer sin equilibrio suele apoyarse sobre sus brazos, lo que me obliga a sostenerla haciendo fuerza y cansando mis brazos.

Caminar recto, en círculos, detenerme y reiniciar la caminata permitió que mi mente aprendiera y dominara mi cuerpo.

Practiqué mover y detener mi cuerpo antes que el de la mujer, iniciando, parando y reiniciando la caminata una y otra vez, dando una clara marca de intención a la mujer para que juntos demos el paso.

VIDEO Click AQUÍ o copia y pega: https://www.youtube.com/watch?v=3qX6r8fOGdw

Caminar en círculos chicos me permitía dominar las primeras marcas suaves a la mujer, con el torso, adelantando el movimiento del cuerpo con respecto a mis piernas hacia el sentido del giro, con pasos cortos del lado interno del círculo.

Ing. Carlos Neuman

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